Cuando tomas un sorbo de café recién hecho o disfrutas una rebanada de pastel, la experiencia no se reduce solo a lo que tu lengua percibe. Hay algo más profundo en juego, algo que involucra a tu nariz sin que siquiera lo notes. El olfato y el gusto trabajan en equipo para construir las sensaciones que experimentamos con la comida. Pero, ¿cómo es posible que estos dos sentidos se entrelacen de una manera tan compleja?
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¿Por qué nuestro olfato influye en lo que saboreamos?
El sabor de un alimento no depende únicamente de la lengua. De hecho, si te taparas la nariz al comer, notarías que muchos alimentos pierden su esencia. Esto sucede porque los receptores olfativos en la nariz captan moléculas aromáticas que suben por la parte posterior de la garganta mientras masticamos. Este proceso se llama olfato retronasal, y es el verdadero responsable de esa explosión de sabor en nuestra boca.
Por ejemplo, cuando comes una fresa, tu lengua detecta lo dulce y ácido, pero el aroma afrutado que reconoces proviene de tu olfato. Es por eso que cuando tienes gripe y la nariz tapada, los alimentos parecen insípidos.
¿Cómo es posible “oler” a través del gusto?
Si bien el olfato domina la percepción del sabor, el gusto también tiene una forma peculiar de interactuar con los olores. Cuando consumimos algo con sabores intensos, como el ajo o la menta, las moléculas pueden estimular receptores en la boca y garganta que envían señales similares a las del olfato.
Además, algunos compuestos químicos de los alimentos pueden activar terminaciones nerviosas en la lengua que van más allá del simple gusto. Por ejemplo, el picante del chile activa receptores del dolor, mientras que el mentol de la menta nos da una sensación de frescura similar a una brisa helada.
¿Qué sucede en el cerebro cuando combinamos olores y sabores?
Aquí es donde la magia ocurre. Cuando comes, tu cerebro no recibe dos señales separadas de olfato y gusto, sino que fusiona ambas en una sola experiencia sensorial. Esto sucede en la corteza orbitofrontal, la zona del cerebro donde se integran las sensaciones del gusto y el olfato.
El resultado es una percepción de los alimentos mucho más compleja de lo que imaginamos. Por ejemplo, el chocolate no sería tan delicioso sin su inconfundible aroma, y el café no se sentiría igual sin sus notas tostadas.
¿Podemos entrenar nuestros sentidos para percibir mejor los sabores y olores?
¡Sí! Al igual que entrenamos el oído para la música o la vista para el arte, podemos agudizar nuestro sentido del gusto y el olfato. Aquí algunos consejos:
- Huele los alimentos antes de probarlos, así activarás más receptores olfativos.
- Prueba los alimentos con los ojos cerrados, enfocándote solo en el sabor.
- Evita comidas muy procesadas, ya que alteran nuestra percepción de los sabores naturales.
- Explora nuevos ingredientes y especias para ampliar tu repertorio sensorial.
La próxima vez que disfrutes una comida, recuerda que saborear es mucho más que solo probar. Es una experiencia multisensorial donde el olfato y el gusto trabajan en perfecta armonía para brindarte momentos inolvidables.
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